Las noches con una hija sorda son diferentes, complicadas, a veces, y divertidas, otras.

Cuando Aitana  era pequeñita y todavía no hablaba, deseaba dormir con siete u ocho chupetes porque se dio cuenta de que era su método para llamarnos. Al lanzar sus chupetes al suelo o contra la puerta del armario, el ruido al golpear nos despertaba a su papá y a mí, y acudíamos a su llamada.

Ahora, con siete años, ya habla y puede llamarnos con su voz, pero claro, ella no se escucha porque sus implantes están en el deshumidificador y sus baterías cargándose.

La forma que tiene de llamarnos ahora, y como decía anteriormente, es con su propia voz pero ella no se oye. Lo que hace para confirmar que está llamando a quien corresponde, trata de reafirmarse diciendo:

“Que venga mamá con M”. Porque cuando no te oyes, en ocasiones es complicado de saber si has pronunciado mamá o papá.

También hay veces que dice: “Que venga mamá, Loles, he llamado a Loles” o “Que venga Javier, papá con P de papá”.

A Javier y a mí nos encanta ver que Aitana, por si sola, va adquiriendo sus propias estrategias para ir superando los obstáculos que conlleva su sordera.

Hasta aquí es casi hasta divertido… pero el problema llega cuando tardamos un poco en acudir a su llamada, porque es cuando empieza a dar unos gritos tremendos a mitad de la noche “Mamáaaaaaaaaaaaaaaa con M, vennnnn”… y aunque yo le diga desde mi habitación: “ya voy”, no sirve de nada porque ella no puede oírme. ¿Qué hacemos en estos casos?

  1. Salir corriendo de la habitación para llegar en el mínimo tiempo posible y que no despierte a los vecinos.
  2. Encender una luz para que vea que nos ha despertado y que estamos acudiendo a su llamada.
  3. Golpear el suelo con los pies para que la vibración lleve a su habitación y sea consciente de que nos ha despertado.

Una vez llegamos a su habitación es cuando se complica la cosa. Hay veces que necesita contarnos algo y espera nuestra respuesta. Siempre encendemos la luz de su habitación para que pueda vernos y hacer lectura labial, pero a veces le resulta complicado saber qué estamos diciendo. En esos momentos, cogemos papel y lápiz, el mejor recurso que tenemos en su mesita de noche, para poder comunicarnos. Otras, nos pide ponerse sus implantes para poder escuchar y ahí es donde viene lo peor, porque los implantes están desmontados y dentro del deshumidificador y a mitad de noche, sinceramente, es un poco “pesado” montarlos para tres minutos.

Así que bendita la hora en que mi hija aprendió a leer porque, desde entonces, tenemos un recurso muy bueno para poder comunicarnos con ella a mitad de noche.

Pero sin duda, el mejor recurso que hay para calmar a mitad de la noche a un niño sordo es abrazarlo y transmitirle amor y calma, como a un niño normoyente. Al fin y al cabo, no son tan diferentes, ¿no?

Y vosotros ¿cómo vivís las noches con un hijo sordo?

 

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