La semana pasada escribía en mi blog el post “Mamá, me hubiera gustado nacer sin ser sorda” y recibí varios comentarios de mis lectores. Pero hubo uno de ellos que me hizo reflexionar y mucho. Pedí a su autora, Silvia Bravo, permiso para hacerlo público y, muy amablemente, me dio su autorización. Así que os copio el comentario que me hizo porque creo que puede ayudar a mucha gente.

Hola, Loles.

Llegué a tu blog y a esta entrada por casualidad. Lo que aquí compartes me llegó hondo. Esto es lo que sentí al leer esta entrada: está escrito con el corazón; así que le podemos echar a él la culpa de lo que sea, en todo caso:

Comienzas con la observación de que tu hija ha llegado a esa edad en la que empieza a sentirse distinta de las demás personas; notando que esa diferencia y lo que implica la empiezan a angustiar. Claro que sí. Se siente inquieta por esta diferencia, y, como bien sientes, no puede conformarse. Y la queréis ayudar.

Como padres enfrentados a esta situación le echáis coraje. Como no sabéis muy bien qué hacer, buscáis ayuda, recurriendo a profesionales: la voz de la experiencia. Queréis que, entre todos, Aitana se vaya acostumbrando a su sordera. Queréis hacerle ver que sí, que es diferente y lo será siempre. Sabéis, sois sus padres, que es una niña con la inteligencia y sensibilidad de todo niño normal. Que no oye, pero normal por demás.

Como madre, estás decidida a afrontar la diferencia, porque claro que es una diferencia, afirmar lo contrario sería estar negando lo evidente. Y quieres que ella también aprenda a vivir con su sordera.

Pero a ella le cuesta resignarse. Ella no puede expresar que realmente no es su sordera lo que le duele tan hondamente (claro, la sordera no duele, tiene que haber ahí algo más, para que sienta tal angustia). También, claro, a estas edades los niños empiezan a ser autoconscientes. El implante, por lo que comentas, no parece terminar de integrarlo con la misma naturalidad con la que otras personas podrían integrar sus gafas en su esquema corporal. Tienes la suficiente empatía para entender (sin llegar a ser del todo consciente) que ella siente que ser corto de vista no la aleja de las personas, pero su sordera sí. Ahí está: el sentirse lejos de las personas que la rodean, y no su sordera es lo que realmente le duele. Pero no lo puede expresar sin ayuda, sin que otra persona sea capaz de reconocerlo por ella. Eso la aliviaría.

El dolor grande y crudo que ella siente no es su sordera, es: “A menudo me siento lejos de las personas, y me angustia pensar que me voy a sentir siempre lejos de las personas, por culpa de la sordera”.

Ella siente que las personas que la rodean no pueden entender este dolor suyo, en cambio, capta perfectamente que tratan de distraerla de su sordera. Por eso, comparar a unas personas con otras no alivia su dolor, porque es suyo y personalísimo, que no tiene nada que ver con la sordera en realidad. Sin embargo, como la sordera es lo que se le resalta siempre, ella sólo puede expresar lo que los demás ya le han dicho: que es sorda y tiene que vivir con ello, pero aun así no las tiene todas consigo. Por eso sólo acierta a decirte: “mamá, me hubiera gustado no nacer sorda”. De nuevo, no tiene palabras para expresar lo que hay más abajo, porque nadie ha podido todavía llegar a verbalizarlo por ella. Sus recursos son los normales para una niña de su edad; es sólo que, como bien dices, todavía está aprendiendo, como cualquier niño de su edad, a identificar emociones y sentimientos. Los aprende de las personas que la rodean y de la capacidad de estas personas de empatizar y ponerse en su lugar.

Todos necesitamos, en nuestro desarrollo, sentirnos comprendidos, será solamente desde ahí, desde nuestra comprensión de nosotros mismos con la guía de nuestros seres queridos, que podremos ir avanzando en nuestra comprensión de los demás. Los niños necesitan ayuda para identificar los sentimientos que aún no pueden expresar.

A medida que van creciendo y madurando, se irán enfrentando a situaciones nuevas, y a lo largo de la vida siempre se sigue aprendiendo a identificar los propios estados emocionales, a interactuar con los demás teniendo en cuenta las propias necesidades y deseos, etc., en definitiva, lo que llamamos madurar, proceso que no cesa nunca.

Ahora, a su corta edad, Aitana no puede sino conformarse de modo pasajero con lo que se le va diciendo de cómo somos las personas o cómo vamos funcionando, porque no se le está diciendo lo que de verdad necesita pero no sabe todavía pediros: Quiere que la ayuden a ponerle nombre a esa angustia de sentirse lejos de los demás (como bien observas, son situaciones comunicativas) y que le garanticen que la van a acompañar para que pueda sentirse mucho menos sola y sí más integrada y aceptada como el resto de las personas de las que se le habla, que, a pesar de todas las diferencias, no se sienten, como ella, lejos de las demás personas.

Claro que cada vez que viva una situación comunicativa en la que se sienta apartada de las demás personas, el dolor volverá. Ella ya está afrontando a diario su discapacidad con valentía, y la vida con ganas y sano interés. Sólo quiere que la acompañen a buscar aquellas situaciones comunicativas con aquellas personas, pequeñas y grandes, que la hagan sentirse plena e igual que los demás. Ella, como es natural y comprensible, no quiere tener que estar esperando a que otras personas tengan ganas y paciencia para decirle también a ella las cosas de las que se habla. Necesita que la ayuden a desarrollar una autoestima sana en situaciones comunicativas de igual a igual con las demás personas que no son sordas. Con amor y valentía, sin duda esto será posible.

Un abrazo.

Como os comentaba al principio, este comentario me ha hecho reflexionar, ¿y a vosotros? ¿os hace ver las cosas de otra manera?

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